Saqué el pie por la ventana.

Pero me di cuenta que si lograba sacar la pierna entera sería mejor. 

En realidad, después pensé que sería aún mejor sacar el cuerpo entero (aunque probablemente me caí del todo) 

 

¿Prefieres que te lo pregunte ahora?, me dijo. 

Le dije que cómo él quisiese. 

Me dijo que él prefería hacerlo ahora, que si no después se olvidaba, que no se le daba bien. 

Le dije que por lo general suelo tardar siete segundos en responder cierto tipo de preguntas. 

Me dijo que él suele tardar diez segundos en dar cierto tipo de respuestas.

 

En esos tres segundos de diferencia, saqué el pie por la ventana. 

 

Qué estás haciendo, me dijo. 

No respondí, me pareció bastante evidente. 

¿Acaso no vio como me desnudaba el pie y tiraba el calcetín por la ventana? 

(Elegí el pie derecho porque el izquierdo tenía un agujero indisimulable) 

En fin, aclararle lo que estaba haciendo no tenía sentido, mi pié ya estaba afuera además. 

No, el dedo más chico probablemente más afuera que el gordo. 

Qué vergüenza. 

 

Dónde aprendiste a estírate así, me dijo. 

Le dije que esas cosas no se aprenden, que se hacen.

Me dijo que ese tipo de cosas suele preguntarlas primero, porque entre que las pregunta y luego espera la respuesta, se le va un minuto, y al final le termina dando vértigo. 

No me reí. Supongo que no era un chiste.

Espero que no fuese un chiste. 

No entendí el chiste. 

No era un chiste.

Los minutos los cuento siempre, me dijo. 

Me reí. 

No era un chiste. 

Me reí. 

Por qué te ríes. 

Cerré los ojos e intenté fingir que bostezaba para cambiar de tema. 

Se me durmió la pierna, ojalá la cara. Ojalá el cuerpo.

Tuvieron que cargarme, no había cama pero si una silla de madera.

No, no era un chiste, porque luego se acercó a la venta, asomó medio cuerpo, y se quedó cuarenta segundos colgado y mirando hacia abajo. 

Si hasta vi como se rascaba la oreja, probablemente la sangre se le estaba yendo a la cabeza. 

Vas a probar con el otro pie, me dijo.

Es una pregunta, le pregunté. 

Me dijo que no, que no era una pregunta, que se había dado cuenta que ya estaba sacando el otro pié. 

Pero si no me había visto, pero si estabas mirando hacia abajo.

Probablemente la sangre se le estaba yendo a la cabeza. 

No sé en qué momento lo notó.

Lo noté, me dijo.

Le pregunté que cómo se había dado cuenta. 

Me dijo que vio un agujero en un pedazo de tela, y que se preguntó de dónde había salido eso, que por qué estaba ahí. Que tardó cinco segundos en notar que el agujero venía de mi calcetín. No le parecía normal. 

Qué vergüenza, me dijo.

 

Y tú cómo lo haces, me dijo.

El qué, le dije.

 

¿A ti te contestó? 

Por qué a mí no.